Una pared de ladrillo

Una pared de ladrillo fue a través de donde pude contemplar el cielo azul, en una retícula en lámina, para la clase de pintura de la universidad de Bellas Artes. 

Una pared de ladrillo fueron todas las paredes del primer zulo en el que viví cuando me independicé, a lo que llamé piso, en la Sagrera. Sin ventanas, imposible ver ninguna estrella. 

Una pared de ladrillo, que era de piedra, fueron mis vistas los siete meses que viví en el Gótico. Cuánto borracho. 

Una pared de ladrillo, color ultramar, me inspiró las pocas clases a las que asistí, antes de dejar el curso de cerámica de La Llotja.

Una pared de ladrillo decora el piso para dos del Raval, desde el balcón hasta el baño, pasando por la cocina y lo que podemos llamar salón. 

Una pared de ladrillo, rotada, en el bar La Parra, mientras tomo una cerveza a solas, me recuerda que podría ir lo suficientemente borracha como para verla al derecho. 

Una pared de ladrillo frente a la que tengo una discusión real con un hombre, en mitad de la nada, la extensión de mi mente.

Me apoyo en ella con mi espalda, mi nuca. Más tarde lo haré con mi frente, agachada, hecha un ovillo. Se siente fría. «Entre la espada y la pared». Él es la espada. Le grito honesta. Le cuento todo. Por primera vez, él puede ver cómo mis ojos arden, y los ríos de lava por mis mejillas, expuesta y vulnerable. Cuánto enfado. Más que borrachos en toda Ciutat Vella. Le golpeo el pecho, le empujo. Es más fuerte que yo, más grande. Sé que no puedo hacerle daño realmente. Me desfogo con él. Y contra él. Por todos los ellos que alguna vez me hicieron daño. Y me pregunta preocupado, ingenuo, ajeno: «Qué te ha pasado». Y yo no pude responderle lo que me habría gustado porque volví de mi visión, hecha un reproche: «Si hubieras estado a mi lado, lo sabrías. Si abrieras los ojos a la cruda realidad que vivo, no me preguntarías eso. Porque entenderías que no puedo contarlo. Y comprenderías que, de poder contarlo, no reflejaría ni un ápice de lo vivido. Serás idiota…».

No soy la musa de nadie, no soy la mujer de las fantasías de nadie. Soy la chica que se ve frente a una puta pared de ladrillo todo el tiempo. Cuál será la próxima.

Ahora escribo este relato antiguo desde una habitación de cinco paredes, en un piso con alma de bungalow, en Hostafrancs. Sobre mi cabeza, sobre mi cama, el techo es, ni más ni menos que una puta pared de ladrillo. Ocho arcos y vigas de madera fea le dan el toque. Sigue siendo ladrillo, una pared horizontal que atasca mis ideas. No importa, tengo mi propio cielo, soy mi propia estrella. Tengo un ser hombre dentro, soy el hombre bueno.

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