Acabo de ver otra historia de revolución, nacer y morir ante mis ojos.
Un animal que arremete contra uno solo, otro animal, más monstruoso.
Viene a mí el recuerdo de cuando me vi envuelta por ellos, aquella vez que dije: «basta». Yo era una y ellos seis. Simplemente estallé contra el que quedaba más cerca en ese momento, cuando ya no pude más.
Un hombre que se lleva la furia que se debería lanzar repartida en cinco.
Un reclamo. Gritar a pleno pulmón, medio rugiendo, que me den de una maldita vez lo que me corresponde por derecho, respeto.
Una consecuencia, física, real, ya de una vez. Al hombre abusivo, al necio que agrede, al padre que falla, al amigo que traiciona.
Y eso es en lo que me quieren convertir, en fuerza bruta. Porque temen la fuerza vital y esencial que forja a toda mujer y a toda alma noble, sin ellos entender cómo ni por qué. Si soy fuerza bruta, entro en su estúpido juego. Una guerra absurda en que se mata y se muere y se resulta herido de por vida. No da lugar al poder, a la intuición, ni a la poesía, la realidad del déspota.
Les prendería fuego, como ellos hicieron con nosotras. Y al igual que nuestra maestría, como el talento y la destreza, no se desvanecieron en aquellas hogueras, tampoco creo que el fuego pueda vencer al diablo. Ese espíritu que susurra a sus mentes y les seduce… intolerantes, ególatras y enfermas sus ideas, amantes en secreto de la misoginia, corroen los cuerpos de los hombres.
Vuelvo a nubes de rabia y a los mil arroyos de lava que fluyen por mis mejillas. Expresión absoluta de asco. Ganas de escupirle en la cara a cualquier capullo que se me cruce. Sin fundamentos, bueno, tenemos de sobras.
Estoy cabreada, estoy enrabiada, estoy frustrada y estoy, lo peor de todo es que estoy, acumulada y reprimida. Y cuando me dice alguien, «no te lo guardes todo para ti», «sácalo», «sé quien de verdad eres»….
Qué pasará, si lo único que puedo hacer es defenderme. Qué pasaría si cogiese una almohada y lo ahogara mientras duerme o si la siguiente vez que me humille y me insulte dejara que mis puños y mis manos encontraran libertad. No quiero ser yo la que rinda cuentas al estado, no quiero que me sigan teniendo encerrada en una casa diferente, no quiero ser yo a la que abran un expediente si fue él quien, durante años, solo era sincero de puertas pa dentro. Sincero con su odio, me refiero, y no por ello dejó de contar mentiras ni de amenazar, basándose en conspiraciones que no son verdad, tampoco. Y si me vuelve a pasar, si vuelvo a encontrarme a solas con un compañero de trabajo sádico, qué debo hacer, ¿ser yo misma? O incumplir el contrato que me da de comer y huir y ponerme a salvo quedando desamparada. O luchar, contra alguien que tienen un mayor estatus, a quien nadie le lleva la contraria, a quien todo el mundo le ríe las gracias que ni puta gracia tienen… ¿Cómo se lucha contra algo así? ¿Cómo impides que alguien, en mitad de un polvo, trate a tu cuerpo como a una muñeca para después dejarte tirada en cuestión de unos segundos porque ya le has resultado satisfactoria lo suficiente? Qué significa que cuando siento ganas de plantarme o tengo sed de venganza, lo primero que haga sea pensar en si esto responde a su morbo y sus fantasías de mujer todopoderosa o si realmente que dude es lo que quieren que haga. Qué simboliza que cada cosa que siento pase por el ojo de su violencia y me de permiso o no para sentir o cambiar mi verdad por mi bien.
Sin manada no soy nada, pero es que parece que no existe la manada sin el macho alfa. Y aunque yo puedo ser el alfa, como hembra, se me acaba pegando a la espalda, siempre, algún cachorro queriendo ser el mandamás. Y convirtiéndose en ello, por el apoyo ciego e ingenuo de quien no ha sido nunca una hembra adulta.


Septiembre, 18 de 2024. Soria, La Galiana. Fotografía propia, 77D.


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