Cómo empiezas una historia, cuando nadie sabe aún que quiere conocerla…
Me gustaría que en este relato partieramos de la base, mejor dicho de la copa, de que esto es un homenaje. No me refiero a brindar, a pesar de que el protagonista bien lo merece.
Sería conveniente encontrarnos entre sus brazos. Yo acomodada, haciendo de sus curvas las mías. Los brazos colgando y la cabeza recostada. Es nuestra manera de ser, aunque no siempre ha sido así.
Melancolía, si recupero los recuerdos a su alrededor vividos. Un leve dolor, por amor, mientras lo miro y lo encuentro solo en mitad del cerro.
Durante años ha formado parte de la dinámica de juego. Resulta sencillo recorrerle, a través de sí, te guía hasta su cima.
Un par de tramos son los más complejos, sobretodo cuando tienes poca edad y escasa altura.
Nada más empezar, escapar del suelo podía ser complicado. El primer paso era en su pared de corteza. No recuerdo a quién se le ocurrió poner una rueda de tractor a modo de escalera, pero sé que, para los más canijos, sirvió de alivio contra la angustia que te despertaba ser consicente de que no podías seguir el ritmo a los mayores.
Enseguida se presentaba el abismo que un día marcó un rayo, según dicen… y los últimos tres pasos para atravesarlo.
Y aquí reside su encanto.
Consiste en pegar la oreja que mejor encaje a cualquier rama que te llame. Escucharás cómo quedó la tormenta encerrada en ese árbol, cuando osó cargar su fuerza contra él.
Pero esto no lo descubrí hace tanto tiempo e hicimos muchas cosas allí, siendo ignorantes del fenómeno.
Pocos niños tienen el lujo en España de poder encontrar refugio en aquel lugar suyo, al que poder llamar la Casa del Árbol. Cada verano intentabamos montarla de alguna manera.
La vez que mejor recuerdo fue cuando tapamos las raíces con sábanas y palos, como si de una cabaña se tratara. Lo dividíamos en secciones, teníamos despensa y todo. La misma rueda sirvió de columpio colgada de una cuerda. Hasta que el mas gordo del grupo se subió con el mas delgado a cuestas y cayeron de culo. Nos encantaba inventar coreografías y canciones. Versionamos el tema I Feel Good de James Brown, decía así: Casa del ááárbol, na naná naná naná. Jugamos juntoooos, na naná naná naná…
Es curioso por que juraría que a pesar de ser un grupo de, mas o menos, la misma proporción de niños y niñas, no había distinciones de género. Eso los pequeños, los nacidos a partir del 94 eran todo chavales. A excepción de la mayor de todos.
Creo que son las leyes de la ciudad las que otorgan roles desde recien llegados, en los pueblos no funciona eso. Da igual qué tuvieras entre las piernas o cuanto crecerían tus pechos. Concursos de baile y canto, carreras de saco y bici, caídas en tierra, agua y fango.
Nadie se resistía a llevar las rodillas llenas de moratones y rasguños. Aunque una cosa sí es cierta y por esto todavía guardo rencor. Solo los chavales jugaban a Pokemon, y era algo que no estaban dispuestos a compartir. Pero sí veíamos la WWC juntos. Y jugábamos al escondite juntos. Y se metían con todo aquel que cumpliera con el papel de víctima. Incluso con quien no asumía su papel de víctima. Si tenias la más mínima sensibilidad, en algún momento u otro, lo cabrones te hacían derramar lágrimas.
Muchas más cosas ocurrían los días alrededor de abril, por Semana Santa, y los meses de verano, entre junio y agosto. No lamento que ya no sigan sucediendo, pues corresponden otras vivencias.
Pero voy a seguir subiendo a ese chopo hasta que mi cuerpo no me lo permita más. Y si algún día tengo el placer de criar a uno o dos cachorros, los que sean, no les pediré que no suban, por mucho miedo que me de que puedan caer. No les regañaré, si llegan embarrados por relacionarse con una naturaleza que les enseñará cantidad de cosas, igual que a mi no me recriminaron eso. Sí me pedían que no trepara, a sabiendas, supongo, de que no iba a obedecer. Y tengo dudas acerca de si explicarles algunas cosas o darles margen a que las descubran solos. Quizás es una decisión a la que jamás deberé enfrentarme… Reconozco que me encantaría.

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