INMERSIONES DE BARAJA

TAROT MUCHA

Lo Scarbeo

Giulia F. Massaglia, Barbara Nosenzo

*

La Estrella, Arcano XVII

Es un lunes de noviembre, estoy sentada en la mesa de madera grande del salón, frente a la ventana que da al cerro, haciendo trabajo de carta.

Veo a una mujer concentrada en una estrella, sosteniendo su luz con sus manos. A lo lejos otras brillan en el cielo. Una brisa agradable perfuma la noche y seduce el movimiento de las ropas de la mujer. Lleva la espalda al descubierto, el cabello recogido, ondulado, en su diadema de flores. Un pañuelo flota en su nuca y le cubre los pechos, a excepción de la fina prenda, está desnuda de cintura para arriba. Su falda, azul cian, brilla como la seda; refleja el mismo tono anaranjado del pañuelo en las zonas lisas y guarda el verdor del prado en sus pliegues.

Es de noche, una madrugada luciente. Acaricia, la luz de las estrellas, toda la tierra hasta el horizonte, alzado en montañas picudas, lejanas, no tan lejanas. Ni las estrellas, ni las montañas. Creo que si alargo mis manos las puedo rozar. Algo más allá del lago se distingue un gran árbol. Hacia él vuela un ave marrón, sus alas plumadas muy abiertas, cerca de aterrizar, descienden de espaldas a mi.

Ella está de pie, su cuerpo en dirección al lago, no veo sus ojos porque los tiene absolutamente dedicados a su luz. Pienso que tiene un perfil precioso, muy delicado. El agua trae a la orilla, que no es orilla, algunas ondas, enseñándose relajada. Su perfil es igual de decidido y corta la tierra, teñida de verdor y sólida, donde ella está erguida. No le veo los pies, su falda es larga y se le arremolina entre las piernas.

En esta carta me es imposible ignorar el marco. Las flores, color crema, se interponen en mi visión. Y el resto de la carta, el exterior, se me hace un vacío. Un papel cuya ventana abre la dimensión de su reino, el de las estrellas, el de la noche.

Me concentro y me fijo en su vientre, sobresaliente, y en los músculos de sus hombros. Miro su rostro, intento imaginármelo y lo veo dentro de su luz. Tiene cerca sus manos, las asegura delante de sí, elevadas frente a la punta de su nariz. Mantiene su expresión alejada, su espalda arqueada. Como la que lleva mucho rato de pie y busca reposar en sus propios ejes. Aun así tiene fuerza, está realmente musculada, me resulta asombroso.

Siento curiosidad, aunque no sabría explicar por qué. Me gustaría que se girara, que alzara sus manos a la noche y dejara a su estrella alinearse con el cielo y la cúpula cósmica. Que cerrara los ojos, con los brazos fuertes extendidos en alto, las manos entregadas arriba y la respiración tan grande. Sería un placer ver su cuerpo estirado.

No puedo entrar en su encuadre como con otras cartas, con este arcano no puedo hablar. Pertenece a otro tiempo diferente, acelerado y, a la vez, amortiguado por un polen de plata. Me pregunto qué pasaría si se dirigiese a su lado del espejo, me mirara y me viera. Mi cara cansada, que resplandece por la palidez de mi piel. Mis ojeras oscuras, mis pupilas imantadas rodeadas por unos iris ensombrecidos. Qué sentiría yo entonces, qué me diría ella. Acaso ¿la podría escuchar? ¿o serían su sonrisa muda y la mímica de sus labios los únicos gestos que pudiera leer? Su rostro es dulce, lo sé. Su mirada tierna, luminosa y directa. Su simplicidad brillante. Lo sé. Me muero de ganas por saber si hay algo que pueda hacer para ella.

-1-

Es miercoles por la tarde, recojo la carta que lleva descansando en la mesa de madera grande del salón dos días y persigo cada detalle que corre por mi mente. Medito, profundizo y observo.

La miro, sus formas, sus músculos. Sus alas de plumas marrones. Las ondas de su ropa, su rostro que no me mira, enfrascada en su estrella. Me aseguro de que sus manos siguen trenzando hilos de resplandor, de la intención de sus dedos. Contemplo la carta, atravieso el marco: un umbral que intimida cruzar, un lugar al que es impensable acudir. Pero respiro y cruzo. Y aparezco allí, y sonrío.

Siento la brisa de la noche, todavía es cálida, de un dulzor refrescante. Ondula su fragancia, ligera y constante. Aparezco cerca de ella, me pongo a su lado y miro al frente, miro al lago. Es enorme, mucho más grande de lo que había imaginado desde el otro lado de la carta. Investigo, ahí donde se unen sus aguas con la hierba que emerge de ellas. Tengo muchísimas ganas de meter los pies. Muevo los dedos descalzos sobre la hierba, está suave, mullidita.

Respiro y respiro tan amplia, profunda y gozosamente que me siento más grande aquí. Mi placer chispea, lo siento en mis brazos, en los muslos de mis brazos, y en mis costillas. Me encuentro desnuda, ahora que me contemplo, convocada a darme un baño. Puedo sentirla detrás mío, a mi derecha, mientras doy unos pasos cariñosos hacia el lago. «El agua está perfecta», dice una voz grave y animada de mujer. La sabiduría y la ternura, atracadas en el muelle. No voy a girarme porque sé que su rostro está al otro lado de un lucero y tan solo sería deslumbrada por la belleza absoluta pero seguiría sin poder verla a ella.

Suelto el aire de mis pulmones generosos. «Tu cuerpo es perfecto», dice. Noto un destello y que el fulgor desaparece. Se presenta la tenue claridad que debe haber en la tierra, de noche, bajo una bóveda de astros que flotan en el espacio infinito y antiguo, así lejano, impracticable. Ha enviado su estrella arriba, con las demás. La veo en el cielo, un cometa que antes no estaba ahí. Me giro. Tiene los ojos finos, la nariz fina, la boca fina. El labio superior más carnoso que el de abajo. Los párpados de abajo más rasgados que los de arriba. Tiene una barbilla pequeña y redonda. Sus pómulos, ligeramente pronunciados, hacen de su cara delgada una expresión más fuerte. Un mechón ondulado le cae sobre la frente. Deja caer sus brazos a ambos lados, con los hombros relajados. Lleva un tiempo que no existe para ella, tejiendo su luz. Está cansada, satisfecha. Su sonrisa tontorrona me hace feliz. Coge aire fuerte y abriendo la boca lo suelta de golpe. Cuando sonríe, se extiende su revelación, aunque su gesto parezca sensato. Por fin la veo. «¿Vas a darte un baño?», me pregunta. Es más descarada de lo que me esperaba, la asumo valiente y directa. «Me bañaré contigo». Nos quedamos calladas, mirándonos unos minutos, hasta que ella pregunta de nuevo «¿Nos bañamos juntas?». Le digo «Sí».

Se baja primero la falda, para olvidarla en sus pies. Desliza el pañuelo por sus hombros y lo deja caer a un lado, con soltura. Parece muy cómoda en su desnudez. Mueve un pie y da un paso hacia delante, despacio. Luego el otro y se planta frente a su falda, que es un ovillo de tela azul tras sus talones. Le miro los pies y decido que me gustan sus dedos. Tiene las uñas azuladas, me pregunto si de forma natural, comprendo que sí. Me mira, levanta la barbilla y ladea la cabeza. Vuelve a sonreir, es tierna. Se suelta el pelo, aunque sigue teniendo flores enredadas entre mechones. Yo me giro, ella se acerca, mi hombro acaricia el suyo y las dos nos quedamos admirando el reflejo del cielo sobre la superficie. Me coge de la mano y avanza, y me lleva consigo.

Bajo el agua, mis pies encuentran hierba también, como una alfombra mojada y suave. Es muy agradable. El agua me llega a los tobillos solamente en el primer paso. Está fría, pero en mí hay dulzor y calidez.

-2-

Seguimos adentrándonos después de echarnos mirada, sonriendo. El lago empieza a encaramarse por mis piernas, llega a mis muslos y me siento segura y emocionada, como si ese lugar fuera ya mi hogar. Alcanza mi vientre y la punta de mis dedos. En algun momento nos hemos soltado la mano, aunque seguimos cerca la una de la otra. Siento su cuerpo y su piel del mismo tacto que el agua sobre la mía, cuando ella no me toca. Se van hundiendo mis manos, mi peso cede, poco a poco, a la fuerza del lago. El agua viste mis pechos a la mitad y mis antebrazos ya se han sumergido. Me lavo la fosa del codo de los dos brazos. Me da placer acariciarme esta región del cuerpo. Repaso mis formas, mis músculos, mis venas. Puedo ver mi cuerpo si el agua es cristalina y la luz de las estrellas envolvente, reposa en cada capa hasta diluirse allá por mis rodillas. El lago me cubre hasta el cuello, respiro, muevo mis hombros, mis caderas, noto las puntas de mi cabello corto flotar. Me agacho un poco, doblando mis rodillas, y acaricio la expansión de su cuerpo con mis labios. Ya no solo la punta de mis cabellos se han mojado.

Miro a lo lejos, donde termina el lago, unas montañas grandes y oscuras, muy grandes, muy oscuras. Y me sumerjo. Ella me coge las manos, yo muevo mi pulgar y trazo círculos en sus dedos corazón. Abro los ojos, la veo. Sus cabellos ondulados flotan alrededor de su cara. Es bella. Me siento muy a gusto, es una gran amiga. El ritmo desciende, los latidos saltan en mi pecho cada vez más grandes, todo mi cuerpo se relaja. Olvido que no sé respirar bajo el agua, mientras mi corazón sigue arrojándose hacia ella, fortaleciéndose a cada palpitación. Siento el auge en el agarre de nuestras manos. Y al cabo de un tiempo que no envejece aquí, salimos a coger aire.

Puedo apreciar mi amplia sonrisa y que recuperar el aliento es fácil. Mi sangre bombea como si todavía buceara unos segundo más. Una mano mía sigue con la suya, mi derecha con su izquierda. La otra nos sirve para limpiarnos la cara y peinar nuestro pelo hacia atrás. Y así, juntas, flotamos y dámos el cuerpo al lago y la mirada al cielo.

Aún es miercoles y ya ha anochecido. Me siento lejos de esta historia. No hay horas.

El ave de plumas marrones voló por encima nuestro. Su silueta atravesó el manto del universo sin dejar estela ni marca en los cirros. Las nubes eran claras y ligeras, de color azul. Inspiré y noté que nos moviamos y empezamos a nadar de espaldas, despacio, con los pies. Algunas flores se liberaban de su enredo y nos acompañaban flotando sobre el agua. Sentía con una conciencia muy despierta cada sensación y cada movimiento hasta llegar a la orilla, que no era orilla, sino una cama de hierba mullidita. Descansamos allí un rato más, que no era rato. Y nos sentamos, yo abrazando mis rodillas y ella apoyada en sus brazos con las piernas abiertas.

Nos pusimos en pie y nos sentamos en la hierba que era la misma pero seca. Esta vez, yo apoyada en mis brazos, ella apoyada en sus piernas, hasta que todas las gotas hubieron resbalado y hubo quedado tan solo el rocío. Hasta que tuve que volver, porque cuando estuvimos secas todavía me quedé unos minutos que hubieran podido ser días, con la cabeza recostada en su regazo mientras me peinaba el pelo. Yo masajeaba su mano con la mía sobre mi vientre.

Ya no nos volvimos a mirar, no hacía falta. El lugar era bello, el tiempo agradable y respirar era gloria, a su lado. Me incorporé y, sentada, recogí sus manos. Las acaricié, las amé, las memoricé. Me levanté y caminando hacia atrás salí del marco, atravesando el portal hasta volver a esta silla, a estas líneas y a la pregunta de si algo de todo esto ha sido real.

-3-

Porque la miro y la veo otra vez vestida, con el mismo recogido, como si nunca hubiera apartado la vista de su estrella. ¿Surcó el ave de plumas marrones el cielo nocturno? ¿Me he bañado yo en ese lago si, de vuelta en mi piso, todavía tengo que ducharme porque huelo a sudor? ¿Es posible que en un pestañeo me haya desnudado y, en un respiro, me haya vuelto a poner el chandal?

Sé cómo poner mi estrella en el cielo y sé qué voz le susurra cuando parpadea, para que no se apague. Sé lo que es estar en silencio con una amiga y sé lo que es una aventura.

Ahora bien, para todas esas cosas que todavía no sé, sé que puedo atravesar el portal que me lleva hacia el lago. Y sé que allí estará ella, dispuesta a dejar sus tareas por mi.

Tarot Mucha. Editorial: Lo Scarabeo. Giulia F. Massaglia, Barbara Nosenzo.

-4-

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