Lo guardo hoy, lo escribí otro día

Recuerdo cuando me daba por irme a un bar y mientras tomaba una caña y miraba un partido de basquet en la pantalla de detrás de la barra, me dedicaba a escribir los primeros «bocetos de ensayo» con títulos como «La ajenidad de género». Ese pasatiempo me distraía las tardes hará unos tres años. No sabría decir si, a día de hoy, he ganado o perdido facultades respecto a la redacción de textos. Lo que sí sé es que mi lenguaje ahora es mucho más sencillo y leerme más agradable. A nadie le gustan las frases que dan dolor de cabeza, menos aún las propias. Piensas: «En qué momento escribí yo esta mierda, estoy bien jodida de la cabeza…» y así es.

Hoy tengo ganas de escribir y lo hago vagamente, tumbada en la misma cama donde dormí anoche, aquí también he desayunado. La taza con el poso del café descansa a mi lado, directamente sobre el colchón. Es una mañana muy fría y los críos del colegio de enfrente llevan horas armando un estruendo agudo e insufrible para mi. Los fines de semana se despierta una con el placer de un barrio tranquilo y el sonido de los pájaros que vuelan por las anchuras de enfrente de mi balcón.

No tengo absolutamente nada que hacer. Días como hoy siento el impulso de salir al mundo, pero me acabo arrepintiendo. Ayer, por ejemplo, salí a pasear muy motivada con mi mochila, algún libro interesante, un par de cuadernos, acuarelas, cuentagotas, bálsamo labial… Lo típico. Me compré un bocadillo de fuet con tomate, recién hecho, riquísimo, de pan integral, por un euro con sesenta y pocos céntimos. A unas cuantas manzanas de esa cafetería, paré en la frutería y me conseguí una cajita de arándanos, también muy baratos. Llegué a un parque a paso sentido y estaba todo en obras. Miré a mi alrededor y se disipó el impulso intuitivo de atravesar las calles de la ciudad que me había llevado hasta allí. Perseguí la idea de andar bajo los árboles y cuando se terminó el callejón quise volver a casa, sabiendo que este deambular no tenía ningún sentido. No es como cuando vives en el campo y sales y te paras junto al manantial y te tumbas en la hierba y haces todo lo que tienes que hacer gozosamente. No, en la ciudad, ningún sitio parece agradable. Así volví a casa, aborrecida de mi propia vida sin estilo ahora que estoy esperando respuestas.

Son las once menos dos minutos de la mañana, es martes y lo único que se me ocurre es servirme un vasito de vino tinto. Y me lo voy a servir. Así, cualquiera que lo sepa podría decir que soy una escritora consagrada…pero una vieja y deprimida por el paso del tiempo y lo que en su día era. Yo, por ahora, tengo veinticuatro años. Cómo puede una chica tan joven sentirse tan profundamente aburrida. Es uno de los síntomas de la enfermedad de una sociedad corrompida y asquerosamente sucia. La culpa no es mía. Solo soy una consecuencia inevitable.

Puedo notar el momento exacto en el que mis pulmones se libran y respiran fácilmente después de haberme sonado la nariz con las bragas sucias que dejé anoche tiradas en el suelo, a los pies de la cama. Normalmente no me sueno la nariz con mis bragas sucias, lo suelo hacer con los calcetines o, con suerte, con el pedacito de papel que guardé, alguno de los anocheceres anteriores, bajo la almohada.

Esta noche bajo la almohada había: el cuadernito de sudokus, el cuaderno de cama, un par de páginas en blanco que arranqué del cuaderno de cuero, papeles con notas sueltas, una goma, un lápiz con la goma gastada, un bolígrafo, un coletero, cuatro pinzas del pelo, los auriculares que compré durante el paseo de ayer del que hablaba antes y, al otro extremo de la almohada, pegado a la pared, un cuadernito de cuero que reservo. Lo compré en Florencia, tiene a esas tres mujeres danzando en la cubierta, en relieve, marcadas en el cuero. Está totalmente en blanco, con todas las páginas por estrenar, no he rasgado ni una. Huele muy bien, fresco, a hojas de papel color crema, dulzonas. Escribir en un buen cuaderno con un bolígrafo de buena tinta puede parecerse a saborear un pastel de hojaldre y mermelada de frutas.

Voy a servirme ese vasito de vino tinto y creo que lo acompañaré con una onza de chocolate negro.

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