Si dejo de regirme por mis creencias superficiales y voy a la más verdadera forma de mi ser, siento que a estas alturas yo ya debería haber tenido un hijo.
Me veo en la cama, desnuda a mediodía, un día de una primavera recién llegada y sé que a mi lado, también desnudo, podría haber una persona de dos años agarrándome la teta mientras se entretiene con sus propias ensoñaciones de conciencia que empieza a concebir el mundo y el alrededor. En términos de poder pagar el alquiler, claro que es un sinsentido hacerme madre, no podría ir a trabajar y cuidarlo sola, ni pagar la guardería. Ni siquiera tengo un trabajo fijo que me realice como individuo adulto.
Pero en términos de mamífero, puedo perfectamente andar por el mundo medio vestida con un niño medio desnudo a cuestas. Puedo andar al sol hasta encontrarme con la vecina, puedo hablar con una mujer cuyos hijos ya han crecido y preguntarle un par de cosas. Puedo ir allá donde hay comida y coger un par de frutas, una para mí y otra para que la rechupetee mi pequeña criatura, que llevo a cuestas.
Teniendo el clima mediterráneo que esta tierra regala, no hace falta ser de una tribu de África para esto, tan solo hace falta vivir en un lugar con pocos edificios y casas adecuadas, naturalmente a la altura de la calle, de dos plantas como mucho y si acaso la tercera debe ser sí o sí una terraza donde tomar té en unos cojines a ras de suelo o en una alfombra de estampado artesanal.
En términos de mamífero debería ser ya madre. Pero más que mamífero soy el eco de la cristiandad y no quiero casarme y ser una propiedad con la orden de maternizar. Si soy algo, soy un constructo civilizado cuyo deber es producir e intervenir en el desarrollo económico y político.
Mi mamífero gruñe porque hay demasiado plástico en mi alimento, se sacude porque la compostura no le deja retozar y gime de dolor porque el reloj mata los tiempos, los ciclos y los impulsos más verdaderos. Tengo veinticuatro años, soy mujer y siento que ya debería tener un hijo de dos años, un hogar y una familia de sangre y de no sangre. Oséase, una aldea a mi favor.
No siento rabia, esta vez, simplemente porque es un día maravilloso. Pero esto, que quede claro, es una reivindicación de lo que hemos perdido las niñas salvajes. La oportunidad de vivir y crecer reales.
Creo que ahora que ya no estamos tuteladas, ya podemos trabajar y ser tan esclavas como lo son los hombres de su propio sistema sadomasoquista que es la sociedad, pero seguimos sin poder ser nosotras mismas.
Si pudiera ser libre de verdad, si este mundo también fuera mío, mandaría al carajo su cutre escenario de roles importantes. Yo no quiero meterme en su obra y que reconozcan que sin mí la escena no funciona, yo quiero que me dejen salir de este maldito teatro deformado para volver a meter los pies en el río y limpiar tranquilamente la tela que se mancha de sangre entre mis piernas.
La copa menstrual es un gran invento, pero no me convence si sirve para que yo pueda trabajar más horas seguidas sin tener que ir al baño. Si sirve para estar más cómoda en la forzada vida que significa responder a las exigencias ese par de días que lo único que me pide el cuerpo es recogerme a sangrar y no le debo nada más a nadie.
Sabéis qué, yo no quiero que me incluyan, quiero que me dejen tranquila. Ganar el voto estuvo bien, pero no quiero su estúpido juego de políticas corruptas. Que no me mantenga un hombre está bien, pero ocuparme de todo sola no era lo que yo quería.
Profundamente, siento que aquí la cuestión es no dejarnos vivir tranquilas y de ahí derivan mil y una formas diferentes de conseguirlo. Yo debería decidir cuándo voy a trabajar y cuándo no, sin receta y sin validación de un médico y sin tener la mala suerte de tener ovarios poliquísticos. Hay que estar enferma y tener el útero jodido para encontrar un tiempo. La ocupación la inventaron ellos, yo no quiero estar ocupada. Es estresante para mis ovarios estar tan liada.
Yo quiero ir poco a poco, hacer la comida rica, construir mis necesidades, un terrenito desierto, encontrar un pozo, viajar únicamente por estudio y disfrute y, lo más importante, vivir tranquila. Qué genial sería que el mecánico o la mecánica lo fueran porque quieren, al igual que yo escribo y dibujo. Yo consigo un cacharro y tú me lo arrglas, yo dibujo el logo de tu taller y te pinto algún cuadro para colgar de alguna pared. O te paso un par de cuentos para leerle a tus hijos por las noches. Para mi, es así de sencillo y no creo en nada más.

Deja una respuesta